lunes, 10 de junio de 2013

La magnitud del escándalo del Gran Hermano norteamericano

El escándalo Watergate tuvo lugar en 1972 en los Estados Unidos, durante el mandato de Richard Nixon. Culminó con la imputación de cargos y condenas de cárcel para cuarenta y tres personas, muchas de las cuales pertenecían directamente al equipo del Presidente, y finalmente, con la dimisión de éste el día 8 de agosto de 1974.

El caso, un flagrante espionaje descubierto por dos periodistas del Washington Post, se queda enormemente pequeño en comparación con lo que se acaba de descubrir ahora: una enorme maquinaria gubernamental, un sistema secreto destinado a espiar a millones de norteamericanos y ciudadanos de todo el mundo a través de sistemas como la telefonía móvil y el uso de la web, los buscadores y las redes sociales. El escándalo PRISM es el ya el mayor caso conocido de espionaje, en toda la historia, a todos los niveles. A todos los efectos, Obama será recordado por la historia como “el presidente fisgón“.

Atención a los torpes intentos de justificación de este fin de semana, y al uso del lenguaje:

“In the abstract you can complain about Big Brother and how this is a potential program run amok, but when you actually look at the details, I think we’ve struck the right balance… You can’t have 100 percent security and also then have 100 percent privacy and zero inconvenience. We’re going to have to make some choices as a society… there are trade-offs involved.”

“En el fondo se puede protestar por el Gran Hermano y hasta qué punto lo ocurrido es el resultado de un programa potencialmente fuera de control, pero cuando realmente se estudian los detalles, creo que hemos conseguido el equilibrio adecuado… No se puede tener una seguridad del 100% y tener también un 100% de privacidad y cero inconvenientes. Vamos a tener que tomar algunas decisiones como sociedad… hay un balance involucrado.”

¿Un equilibrio adecuado? ¿Un balance? ¿De verdad pretende este maníaco hacer creer a sus ciudadanos y al mundo que esto es una especie de “signo de los tiempos”, y que la única manera de vivir razonablemente tranquilo es aceptar que todas sus conversaciones y las de medio mundo sean escuchadas por funcionarios a su cargo? ¿Puede de verdad la presidencia de los Estados Unidos trastornar tanto a alguien como para que llegue a un estado mental tan profundamente disfuncional?

Habrá que recordar a este presidente lo que otro político mucho más grande que él, Benjamin Franklin, uno de esos a los que los norteamericanos llaman “padres fundadores de la patria”, dijo en su momento:

They who can give up essential liberty to obtain a little temporary safety, deserve neither liberty nor safety.”

(“Aquellos que admiten perder libertades esenciales para obtener un poco de seguridad temporal no merecen ni libertad, ni seguridad”)